Andy Morar, un propietario de hotel en Georgia en Estados Unidos, quiere comprar un BMW. Recientemente envió un correo electrónico a un concesionario, usando un formulario en su página web en el que revelaba su nombre y otros datos personales.
Su mensaje llegó al concesionario, pero también fue a dar, sin su conocimiento, a una empresa que rastrea compradores de autos en línea. En cuestión de segundos, su nombre quedó vinculado a un análisis de los sitios web que Morar había visitado de manera anónima, lo que luego sería estudiado por su concesionario local.